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Sanar la relación con la madre. (Sana tu linaje femenino)

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 Articulo Bert Hellinger  

La madre y el éxito 
Milán, 27 de enero de 2010

Os voy a contar algo sobre los órdenes del éxito.

Hemos descubierto yo y Marie Sophie una cosa muy importante, tan simple que me avergüenzo de decirla. ¿La digo?  

El éxito tiene el rostro de la madre.

 Así como una persona se comporta con respecto a su madre, así se relaciona con el éxito. Si tiene una buena relación le irá bien, tendrá éxito en cualquier campo. Quien la rechaza, no.

También en una relación de pareja. La relación de pareja sería nuestro éxito más grande, y la cosa más difícil que existe. Lo más hermoso y lo más difícil suelen ir juntos…

Hace poco una mujer vino a un seminario y me dijo que tenía muchas ganas de estar en pareja con un hombre. Entonces le pregunté que qué tal le iba con su madre. La tensionó dominó su rostro al momento.

Y yo le dije: “Sin madre no hay hombre”.

De igual manera, para un hombre, podría afirmar: “Sin madre, no hay mujer”.

Y ésta es la base del éxito.

Si le preguntamos a un hombre que qué tal le va en el trabajo y me dice que mal, configuramos el trabajo con una representante femenina – siempre una mujer -, y delante le pongo a él y le pregunto que qué siente, y me dice que nada. El trabajo se aleja de él. Y si a esa madre le colocamos a su madre, repite el mismo movimiento.

Quien no toma a su madre no tiene éxito, fracasa en todos los planes.

Con esto, en realidad, ya lo expreso todo.

Si queréis sigo adelante quizás para un par de consejos prácticos.

Si aquí hay algún manager, debe saber que, si no tiene una buena relación con su madre, arruinará a la organización, porque se comportará con la empresa como con su madre.

Con Marie-Sophie, cuando vemos la televisión, reconocemos enseguida a quien tiene una buena relación con la madre, y lo vemos porque su rostro resplandece. Se le nota inmediatamente en la alegría que transmite su cara.

También existen otras reglas, pero ahora voy a iniciar un ejercicio por el que inmediatamente vais a obtener éxito.

¿Cuántas son las imágenes interiores que tenéis de vuestra madre?

¿Más de cinco imágenes? ¿o menos? Y, ¿qué sensaciones tenéis con respecto a ellas?

Y, para las que sois madres de entre las que aquí os encontráis: ¿Cuántos años habéis dedicado a vuestros hijos? ¿Cuánto habéis hecho por ellos? ¿Cuánto le procurásteis con amor? ¿Pudísteis hacer más?  ¿O se lo dísteis todo, todo lo que les podíais dar?

¿Puede haber un éxito mayor que el de parir a un hijo y cuidarle para que crezca?

Ya disponemos de cinco imágenes…

¿No resulta curioso el hecho de que haya gente mala?

Si de pequeños nos enfermamos y nuestra madre no se encontraba con nosotros, o nuestra madre se enfermó y tuvo que estar ausente, se nos cayó el mundo encima. Esto es un trauma, la separación precoz de la madre. Y, ¿de qué manera se comporta un traumatizado?

Por ejemplo, como un accidente. Queremos movernos y no lo conseguimos, porque el movimiento se ha imposibilitado. Igual que en un trauma, el movimiento se ha interrumpido. Pero se puede reiniciar ese movimiento. Lentamente.

Si miramos a los niños pequeños, ¿son felices? Volved a esas imágenes internas, ¿somos felices siendo pequeños?

Busquemos las imágenes en que éramos felices, porque muchas veces están veladas por la experiencia del trauma, – repletas de dolor y de desesperación.

Cerrad los ojos… Observad las imágenes que os separan de la madre, ligadas a emociones de dolor: al miedo, a la tristeza, a la rabia, a la desesperación… donde decidisteis que os quedábais detenidos sin poder avanzar hacia ella.

Probad a ir más atrás, a las imágenes de felicidad previas a esos momentos. Dejad que emerjan como muertos que resucitan: la felicidad más profunda en el seno de la madre, en sus brazos, amados por ella. Dejad que esas imágenes internas anteriores a todo cubran las imágenes que se quedaron detenidas en el dolor y en el sufrimiento. De manera que esas imágenes de felicidad comiencen a resplandecer, mientras que las otras desaparecen como la niebla.

Y ahora efectuamos en nuestro interior un movimiento hacia nuestra madre, muy lentamente, a pequeños pasos, a pesar del miedo, a pesar de la rabia, a pesar de la desilusión… Y miramos a nuestra madre a los ojos.

Observamos cómo resplandecen de amor.

Y damos un paso. Y otro. Y otro.  Para acabar al final en brazos de nuestra madre. Y le decimos: “Querida mamá”. Mientras que ella nos dice: “Mi niño amado. Mi niña querida”.

Y estas hermosas imágenes en armonía con la madre de cada uno nos las llevamos en la vida que viene con posterioridad a ello, atravesando la juventud. Con el resplandor que habéis sentido con estas imágenes ilumináis las otras imágenes, las que estaban llenas de pesar y tormento, sintiendo que la fuerza es diferente y que se pueblan de un nuevo amor, de felicidad.

 En ese momento encontramos una pareja.

También esta pareja se ilumina del recuerdo luminoso que surge de la relación con nuestra madre. Ahora nos sentimos libres para estar en una relación de pareja. Nuestra pareja viene atraída por este amor, y nosotros vamos a su encuentro. Y, con los ojos llenos de luz – llenos del amor de nuestra madre -, le miramos a los ojos, y le decimos:  “Te quiero”.